17 de noviembre de 2009

"Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento."

Ah, la culpa.
Siempre volverá, porque está ahí, como psicópata que ama ver morir lentamente a sus víctimas.

Raskolnikov es quizá el ejemplo de culpa encarnada: una culpa orgullosa, que no se va hasta la confesión. Pero no de la misma manera que cuando Madamme Bovary pone fin a su vida por esa inconformidad, porque después de la culpa no hay más destino que la muerte.

Sin temor a equivocarme podría asegurar que cualquier infiel ha tenido culpa. No es arrepentimiento, eso es simplemente para los pusilánimes, todos lo volvieran a hacer mil veces. La adrenalina de lo prohibido o el descubrimiento del cuerpo del otro, empapado, puede traer ese placer momentáneo, que se convertirá en acto doloroso al pasar el tiempo. Pero ese rincón oscuro escondido del mundo tiene ese sabor a privacidad, al por fin tener una vida propia. A susurro, a misterio.

Engañar es un pasatiempo arriesgado; matar, aunque sea por el "bien de la humanidad", conlleva el peligro de la culpa más corrosiva que el ser humano haya podido sentir, y el miedo al castigo eterno. Bien lo sabían Flaubert y Dostoyevsky.

Pero la culpa de no atreverse, de quedarse ignorante ante el futuro. Esa sí es culpa de verdad. Es la más imperdonable: la culpa de tomar la decisión por la libertad y preferir una prisión, la cárcel conocida. Las ataduras del alma propia, el cantar desesperado de quien vive en pena y es cobarde hasta para dejar de sufrir.

Esa culpa la conoció perfectamente James Joyce cuando escribió Eveline y dice: Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable.

Es la culpa del que no cambia, del que ya no es capaz de llorar ni por sí mismo. Y yo tengo miedo, miedo de que mis ojos se sequen y no den signos de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.

1 comentarios:

José A. Pérez-Robleda dijo...

Lo peor es que perdida la inocencia entre los matorrales de la infancia ya de adultos solo nos queda ser culpables.